Lorena Cuéllar se refugia en una realidad paralela tras la encuesta que derrumba su sucesión. “Martes Negro” para el lorenismo.
No es por asustar a los tlaxcaltecas, pero la gobernadora Lorena Cuéllar y su círculo más cercano ya presentan síntomas clínicos de esquizofrenia institucional. Ella vive en una realidad alternativa que nada tiene que ver con el Tlaxcala real y arrastra a sus lacayos colaboradores del gabinete hacia ese mismo delirio colectivo.
La prueba más reciente y patética ocurrió el martes 14 de abril, el “Martes Negro” para ella y su delfín Alfonso Sánchez García. Mientras El Universal publicaba la encuesta nacional que sepulta su proyecto de sucesión, la gobernadora convocó de urgencia a su gabinete legal y ampliado para una terapia colectiva en la que la paciente principal era ella misma.
Con la mirada perdida y sin control alguno sobre sus gestos, Cuéllar les espetó a sus lacayos:
«No se preocupen, esa encuesta no es cierta, está cuchareada. Ese periódico es conservador. Se los digo: el gobernador va a ser Alfonso, me cueste lo que me cueste —al fin no es su dinero, es de los tlaxcaltecas—, porque yo siempre cumplo mis promesas» (SIC).
Y remató, en pleno éxtasis de Lorelandia:
«La verdadera encuesta de preferencias la tengo yo todos los días, cuando estoy en mis eventos y hablo de Alfonso. Todos nos aman, nos quieren, nos sacan pancartas de reconocimiento y cariño. Así que no se sientan derrotados (aún)».
Los funcionarios se miraban unos a otros como quien asiste al velorio donde la difunta todavía da el discurso de despedida. Nadie se atrevió a recordarle que la casa encuestadora que ella descalificó con desdén es precisamente la de mayor confianza del partido Morena a nivel nacional y de la propia presidenta Claudia Sheinbaum.
Nadie tuvo el valor de bajarla de la nube rosa donde vive rodeada de acarreados, mantas pagadas y aplausos coreografiados.
La escena fue dantesca. Mientras la gobernadora flotaba en su burbuja de fantasía y arrastraba a sus colaboradores al mismo abismo, los funcionarios salían de la reunión con la sentencia en los labios: «Va a ser Ana Lilia».
Ni siquiera se molestaron en susurrar. El veredicto ya es colectivo: el proyecto Cuéllar-Sánchez García se derrumbó antes de empezar. Lo único que queda es una mandataria encerrada en su propio delirio, convencida de que la voluntad popular se mide en selfies y fiestas privadas con acarreados y no en encuestas serias.
Lorena Cuéllar ya no gobierna Tlaxcala. Gobierna Lorelandia, un Estado imaginario donde las encuestas adversas son “cuchareadas”, donde el dinero público es infinito y donde la sucesión se decide en eventos pagados con recursos de todos.
Lorena Cuéllar se refugia en una realidad paralela tras la encuesta que derrumba su sucesión. “Martes Negro” para el lorenismo.
El problema es que Tlaxcala sigue existiendo fuera de esa burbuja. Y los tlaxcaltecas, a diferencia de la gobernadora y sus lacayos, sí vivimos en la realidad.
Lo grave no es que pierda la sucesión. Lo grave es que, en el camino, haya perdido también el contacto con la cordura y arrastre consigo a todo su gabinete hacia esa misma alucinación. Aunque saben que corren peligro de persecución en cuanto entre la próxima administración, claro, “por su manejo honesto (discrecional) de sus presupuestos”.
Y lo delicado también es que sus colaboradores más cercanos, en lugar de decírselo, asistan mudos al espectáculo de una gobernadora que se desmorona en vivo y en directo, mientras sigue hablando de pancartas y cariño popular como si el 2027 ya estuviera escrito en sus sueños.
Tlaxcala merece algo mejor que una gobernadora que ya no distingue entre sus deseos y los hechos, y que además contagia su delirio a quienes deberían servir al pueblo.
LORELANDIA NO EXISTE SEÑORA GOBERNADORA. Por favor que alguien se lo diga, antes de que empiecen a presentar sus renuncias y no se quieran quedar al centro de la hoguera.
Porque la esquizofrenia es un trastorno mental grave que afecta pensamiento, percepción y conducta, con síntomas como alucinaciones y delirios.
En un político mexicano o mexicana no cambia su naturaleza clínica: es una condición médica que requiere diagnóstico profesional, tratamiento adecuado y no debe usarse como insulto ni descalificación pública.
