
El gobierno estatal de Lorena Cuéllar volvió a exhibir la total incompetencia que consume a Tlaxcala, transformando la seguridad pública en un patético circo mediático. Mientras el estado sufre un abandono total ante el verdadero crimen organizado, una descomunal y absurda movilización de policías municipales, estatales y federales paralizó las inmediaciones del centro comercial Gran Patio, en Apetatitlán, violando la paz de los ciudadanos.
¿El motivo de este despliegue de fuerza digno de un operativo de alta inteligencia? Atapar al cantante de regional mexicano, El Fantasma. El ridículo oficial quedó consumado cuando las corporaciones —incapaces de contener los asaltos diarios que azotan las carreteras locales— interceptaron con violencia la comitiva del artista. Tras una torpe revisión, confirmaron que el armamento reportado al 911 pertenecía legalmente al jefe de su escolta, un militar retirado que cumple con todas las normativas vigentes.
Al no encontrar ninguna irregularidad, las autoridades tuvieron que morderse la lengua y liberar al equipo, que se dirigía a una presentación en Chilchotla, Puebla. Este bochornoso episodio retrata de cuerpo entero la gestión de Cuéllar: en Tlaxcala, el verdadero delincuente goza de impunidad y pasea libremente gracias a la ceguera institucional, mientras las fuerzas del orden desperdician recursos persiguiendo músicos.
Una vergüenza nacional que confirma que el estado carece de estrategia, de brújula y de autoridad real.
